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octubre 27, 2010 / Ocularis

El síndrome de las pantallas gigantes

El síndrome del título me lo acabo de inventar, y es el fruto de una reflexión bastante acientífica que me dispongo a compartir con vosotros. Resulta que el mes pasado me tocó escribir un artículo sobre el tamaño del televisor (en ocularis 1 y 2, y en amazings 1 y 2). En base a un aspecto del movimientos de los ojos, ofrecía unos datos aproximados y orientativos del tamaño que podría tener un televisor (teniendo en cuenta la distancia desde donde la vemos) para asegurarnos que no nos produzca fatiga visual. Cabe resaltar que en ningún momento hablé de salud visual, de enfermedades o problemas derivados de pasar esos límites, ni nada de eso. No había nada parecido a consejos médicos. No había términos del tipo “salud, enfermedad, trastorno”, sino del tipo “comodidad, fatiga, etc”. También avisaba en los artículos que son cifras meramente orientativas e incluso animaba a “forzar” un poco los límites que propongo.

A pesar de lo cuidadoso que fui, me ha sorprendido la cantidad de comentarios que hay en estos artículos (más en Amazings que en Ocularis, supongo que porque el primero tiene muchas más visitas) intentando negar o refutar lo que ahí ponía. Por curiosidad, me puse a analizar por encima los posibles motivos:

  • ¿Discusión de la línea deductiva?. Difícil de sostener, ya que se trata de un tema bastante específico de los movimientos oculares. Salvo oftalmólogos o neurólogos, poca gente tendrá los medios para plantear algo alternativo a lo expuesto (aparte de que en el fondo el argumento es tan sencillo que poco se puede discutir). Además, ningún comentario criticó realmente el proceso para llegar a la conclusión.
  • Por lo tanto, el motivo de desencuentro era la conclusión. Pero, objetivamente, ¿cuál es el problema?. Sólo hablo de que puede aparecer incomodidad o fatiga a partir de un límite de tamaño de pantalla. No hablo de que una pantalla grande sea peligrosa ni nada por el estilo. Si uno tiene una pantalla grande y le gusta y está cómodo, ¿por qué tendría que “sentarle mal” mi artículo, y afanarse a refutarlo?.
  • La conclusión es que se trataba de algo más subjetivo: para el que escribía esos comentarios, no es que las razones de los post le convencieran o dejaran de convencer; más bien podemos deducir que había una respuesta afectiva negativa. Sacando fuera de contexto las palabras del artículo, lo leían como una censura, una desautorización o un rechazo, más en el plano moral, en el sentido “está mal que tengas o utilices un televisor tan grande”. Nada más lejos de la realidad si leemos los artículos con total objetividad.

El tema lo dejé así, y no le día más vueltas hasta que no lo enlacé con otro asunto. Se trata de un síntoma muy habitual por el que los padres traen a sus hijos a la consulta del oftalmólogo: cuando éstos se acercan mucho a la pantalla del televisor. En buena lógica, sospechan que su niño no ve bien y lo traen para el el oftalmólogo confirme o descarte un problema visual. Este síntoma concreto, el que el niño de acerque a “la tele”, está descrito con frecuencia en diferentes guías y consejos que vemos en webs y panfletos sobre oftalmología, optometría, pediatría o temas generales de salud infantil. Aunque con menos frecuencia, también están en libros de oftalmología infantil. Y aunque es un síntoma así descrito, el caso es que no he encontrado evidencia científica que asocie claramente este síntoma con un problema visual.

Porque curiosamente, muchos niños sin problemas visuales tienen este síntoma. De hecho una gran parte de los niños que vienen a la consulta contando esto mismo, descartamos problemas oculares. Igualmente, muchos niños con baja visión, defectos de graduación, ojo vago, etc, no refieren este síntoma en concreto. Parece que realmente es una tendencia general de los niños: se acercan mucho a la televisión, pero habitualmente no es porque la vean mal, sino porque están más a gusto, de alguna manera hay algún tipo de “beneficio” de verla tan cerca.

Luego nos hacemos mayores, y las normas de educación y la costumbre nos impiden pegarnos a la pantalla. También es cierto que enfocar tan de cerca un objeto tan luminoso es francamente incómodo (los niños lo llevan mejor, entre otras cosas porque tienen mucha más capacidad de enfocar de cerca). La solución es tener el televisor alejado, pero que sea realmente grande. Con eso conseguimos que gran parte de nuestro campo visual esté acaparado por la pantalla. Luego pasa que uno escribe un artículo sobre tamaños de televisión y la gente reacciona emotivamente, defendiendo lo que realmente no ha sido atacado. Y es que nos solemos comprar televisores grandes, tanto que lo esperable es que puedan producir algo de fatiga visual. Si aceptamos sin problemas esos síntomas de fatiga, si defendemos tan efusivamente nuestro derecho a comprar el televisor grande, es porque hay un beneficio detrás.

Porque no se trata sólo de ver con nitidez la imagen de la pantalla. El hecho de que ocupe una parte relativamente amplia de nuestro campo visual nos ayuda a introducirnos más en la trama o la historia, da más sensación de realidad el vernos rodeados de esa realidad virtual. Es esa “experiencia de cine”. Pero hay desventajas: cuanto más grande es la imagen, más difícil nos resulta registrarla con nuestros ojos, de la misma manera que tenemos que mover la cabeza y hacer movimientos oculares excesivamente amplios. Nos cuesta seguir con rapidez toda la escena porque debemos utilizar la parte más periférica de nuestro campo visual, y hacer movimientos continuamente. Hasta cierto punto, perdemos rapidez y detalles. Pero no nos importa: en vez de buscar el equilibrio (entre no ver los detalles muy pequeños en una pantalla muy reducida y perdernos en una demasiado grande) preferimos sumergirnos en una mayor experiencia virtual, aunque tengamos que soportar algunos inconvenientes. Y eso para el cine vale, que es poco tiempo, pero la televisión puede sustraernos varias horas al día.

¿Que conclusiones podemos sacar de todo esto?. Que la experiencia que ofrece el televisor, como transmisor de una realidad virtual eminentemente visual, es de por sí más placentero de lo que queremos admitir. Hablamos de arte visual con la pintura, la escultura, etc. Cuando hablamos de cine como forma de arte, se trata de la historia, el guión, los personajes, etc. También hablamos de la “fotografía” y el aspecto estético del cine, pero creo que la cosa va más allá. No necesitamos unos planos impresionantemente bellos para que se produzca una experiencia visual positiva. Porque, en contra de lo que implícitamente nos han enseñado, los ojos no son meros transmisores de información, y la información visual no es simplemente información objetiva que abstraemos de la realidad.

Tradicionalmente se ha considerado la visión como el sentido “objetivo” que mejor nos informa de la realidad, y otros sentidos como el oído (la música) y el tacto como sentidos más subjetivos, más cercanos a la sensibilidad. Existe estética visual, pero relegado a una serie de cánones de belleza, habitualmente como escenas estáticas. En general lo que vemos normalmente con los ojos no se consideran estético.

¿Esto es así?. De niños nos pegamos al televisor, y de mayores nos compramos televisores grandes, y vamos al cine para ver la pantalla aún más grande. No es por el gusto estético de la imagen, no como se entiende de forma tradicional. ¿Se trata del hecho de sentirse más introducido en una realidad diferente?. Ciertamente, el hecho de ver una película en una pantalla grande aumenta la sensación de “meterse en la historia”, pero creo que hay más. Me explicaré con otro ejemplo.

A mucha gente le gusta de conducir, y no pocos disfrutan de la sensación de velocidad en diferentes vehículos. Esa sensación no proviene realmente de la aceleración que sentimos en nuestro cuerpo a través del tacto y sensaciones propioceptivas: es puramente visual. La mayor parte de deportes y de juegos siguen en esencia el mismo principio: tanto los juegos de pelota, como deportes de contacto, todo tipo de competiciones de velocidad, salto, acrobacias, etc, se trata de cuerpos y elementos moviéndose con diferentes velocidades y cambios en un entorno tridimensional. Ahí está gran parte del éxito que tienen los deportes: no sólo por los beneficios en la salud o la descarga de endorfinas. Se trata de que nos gusta trabajar en entornos espaciotemporales muy dinámicos, y tomar decisiones al respecto. Con la velocidad y la conducción pasa lo mismo: velocidades, distancias, inercia, trayectorias. Dedicamos una gran parte de nuestro cerebro a estos cálculos. La selección natural ha dado lugar a que desarrollemos mucho estas facultades, pero no sólo es una ventaja evolutiva. De la misma manera que la cercanía y el contacto humano tiene sus ventajas evolutivas, y así lo demostramos con una preferencia innata y universal a tener contacto físico con otros seres humanos, es algo que nos gusta, y lo percibimos como placentero. Porque, si es agradable sentir una piel contra la nuestra, la piel no es la que origina directamente esa sensación agradable. Es el cerebro. Y una gran parte del cerebro se dedica a crear el entorno tridimensional que nos rodea. Y exceptuando los invidentes, la información de la que se basa es primordialmente visual. Es tan importante todo esto que si sumamos la corteza cerebral dedicada a la información visual y a la espacio temporal, casi acaparamos la mitad de nuestro cerebro.

Esta poderosa maquinaria neuronal de mecánica clásica y cinemática (somos muy buenos apreciando al detalle nuestro entorno tridimensional, calculando distancias y velocidades, aceleraciones, giros, posiciones, etc) no es “una herramienta” de nuestro cerebro, dicho así como algo externo a nosotros. Es una parte integral de nuestro “yo”: de la misma manera que el sentido del tacto despierta por sí mismo emociones, la vista también. Pero no hablo ahora de una bella puesta de sol, o con un paisaje de variados colores. El mismo proceso de enfrentarnos a un entorno dinámico, cambiante, rápido, nos obliga a utilizar esos circuitos neuronales tan desarrollados. Y eso nos gusta.

Lo sé, es difícil de entender. Lo que suene a “cálculo” puede parecer aburrido, en contraposición a lo que entendemos por placer y estética. Pero es lo mismo que ocurre con la música. Separamos el ruido de la música porque esta última presenta sonidos relacionados entre sí por proporciones logarítmicas. Nuestro cerebro es capaz de realizar cálculos relacionando los diferentes sonidos, no ya sólo por el timbre o color, sino por su frecuencia. Por lo tanto, la música es placentera en tanto que el cerebro es capaz de entender las proporciones de estar frecuencias, es capaz de hacer los cálculos pertinentes para entenderla. Por eso hacer deporte, conducir o ver una película a pantalla grande nos gusta: más allá de una “imagen bonita”, enfrentarnos a entornos tridimensionales nuevos, variados, dinámicos, nos gusta: estimula una serie de rutas neuronales, que ciertamente al final se relacionan con los centros del placer.

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2 comentarios

Dejar un comentario
  1. Carmelo / Oct 27 2010 8:32 am

    ¿Y no será algo tan simple como?:

    ¡¡ Lo que voy a fardar cuando mis amigos vean esta tremenda pantalla !!

    • Ocularis / Oct 27 2010 8:05 pm

      Pues sí, también puede ser, pero con eso no lleno un artículo 😛

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